sábado, 25 de abril de 2009

Aprender de las personas


En nuestras clases en el profesorado, insistimos en la necesidad de pensar el acto educativo desde y para las personas. ¿Por qué privilegiar el término “persona”, frente a otras opciones que se presentan: “sujeto”, “individuos”, “docentes”, “estudiantes”, “jóvenes”, etc.? Nuestra propuesta, que estimamos fruto de una preferencia reflexiva de la mejor opción, posibilita mantener de forma explícita y completa el carácter eminentemente ético del acto educativo. Consideramos que, si nos entendemos y comunicamos como personas, el acto educativo logra ser comprendido en su integridad. Ante tantas opciones que nos relativizan, el considerarnos personas, nos posibilita abrir la puerta a la plenitud de la intersubjetividad creativa.
Hoy les propongo mirar a todos aquellos con quienes nos encontremos como personas; les propongo pensarnos como personas. Y en esas miradas evitar ser atrapados por la cantidad o la dinamicidad, para aceptar la invitación a considerarnos en la profunda realidad de ser personas.
Ese entrecruzamiento de miradas, tómenlo como una invitación a considerar la riqueza temporal del término PERSONA que, desde las orillas del siglo XXI aquí a la vera del Callvú Leovú, nos invita a remontarnos hasta EPICTETO (http://www.arvo.net/pdf/Epicteto.%20Vida%20y%20Enquiridion%20o%20Maximas.htm ) pues – hasta donde yo conozco – en un fragmento de sus “Discursos” (1) ha quedado registrada la palabra “prosopon” – PERSONA – en esa ocasión para indicar la “función” o el “rol” especial que un hombre ejerce ante los demás.
Claro, por supuesto, que allí haya quedado escrita no significa – ni mucho menos – que no se usara con anterioridad el término. Ya había pasado mucho tiempo del giro antropológico que SÓCRATES había provocado en el mundo antiguo. Él y su discípulo PLATÓN habían insistido en la trascendencia del alma; habían cruzado el umbral filosófico hacia lo profundo del hombre (2). ARISTÓTELES se convertiría en un caminante de esas profundidades hasta llegar a afirmar que en última instancia nos encontramos con la ousía (sustancia), el ser propio de cada realidad, que en el hombre es el todo compuesto por el alma y la materia. (3) El término ousía continúa abierto a las riquezas interpretativas de los especialistas pero, en todo caso, se concuerda en que Aristóteles no lo utiliza en forma unívoca. Esta capacidad de elegir conceptos abiertos es una característica del pensamiento griego. Quizás sea esa una clave de su fecundidad.
A la belleza de la lengua castellana llega el término persona, proveniente del verbo latino “personare”. Es interesante lo que nos hacía notar un querido profesor (4) en nuestra formación de grado: en “personare” el prefijo “per”, significa “a través”, - como en “percurrere” – y también cumple funciones de aumentativo - como en “perfácilis” - . Y “sonare”, significa emitir sonidos. Todo ello no hacía más que manifestar el nombre con que los actores del teatro antiguo designaban la máscara que usaban para aumentar el volumen de la voz en las representaciones teatrales. No es inútil esta consideración terminológica. De alguna manera considerarnos y considerar a los demás como “personas” es lograr andar el camino a través del cual se hace escuchar el ser. Si – tal como lo afirma Karol Wojtyla – “la acción constituye el momento específico por medio del cual se revela la persona” (5); la persona constituye el camino de la revelación del ser. (http://www.philosophica.info/voces/wojtyla/Wojtyla.html)
Claro que el camino del término entre los latinos no fue llano. De designar la máscara teatral pasó a designar al que usaba la máscara (de allí que hablemos de “personaje” teatral), así parece lo usa TERENCIO; y de los escenarios pasó al lenguaje del ciudadano romano, para referirse a la apariencia exterior de alguien; sentido que parece darle TITO LIVIO. En el barrio todavía hay vestigios de ese uso cuando nos referimos a alguien con la expresión: “¡Éste es un personaje!”. La reflexión de CICERON (http://www.culturaclasica.com/biografias/ciceron.htm) ya toma el término persona para unir en él lo individual y lo social de cada uno.
Precisamente será en el seno del imperio romano donde se acuñará la definición tal vez mas clásica de persona cuando BOECCIO se refiera a ella como: “substancia individual de naturaleza racional”( rationalis naturae individua substantia) en su “Liber de persona et duabus naturis”. Brevemente digamos que: sustancia, porque subsiste en si; individual, refiere que es una unidad dentro de la especie; de naturaleza, hace referencia a la esencia que la distingue de otras realidades; racional, porque la razón la especifica. No podemos detenernos aquí a ver cómo se ha ido produciendo un vaciamiento o reinterpretación muchas veces maliciosa de estos términos.
Cuando la historia es redimida por el Misterio Pascual, los primeros pensadores del cristianismo tomaron la noción de “persona” para reflexionar sobre el misterio de Dios Uno y a la vez Trino. Se considera a TERTULIANO como aquel que apela al término “persona” para designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo (6). Contemporáneamente San HIPÓLITO usó el griego “prosopon” (7). En el Credo que elabora la Iglesia en el Concilio de Toledo del año 400 ya aparece incorporado el término “persona”. (8) Y en el año 447, en el Símbolo de la Fe de Toledo, se llega a la definición de que en Cristo Jesús hay dos naturalezas (humana y divina) en la unidad de la persona. (Denz. 40)
Se nos permitirá, para no cansar en esta entrada, dejar tal vez para otra oportunidad, valiosos aportes que se dieron en el tiempo que estamos tratando, y dejar a consideración de ustedes, como cierre la definición de persona que Santo Tomás de Aquino legara a las generaciones futuras. La persona para el Aquinate es “subsistente distinto de naturaleza intelectual” (De pot. IX,4).
Por ahora dejemos aquí; dejemos de andar en el tiempo tras la noción de persona, para ir al encuentro de las personas; pues siempre será allí donde se nos revelará la clave del acto educativo. Quizás estas consideraciones que hoy proponemos nos ayuden a revalorizar el encuentro que se da en el mundo cada vez que los hombres nos consideramos y comunicamos como personas…

(1) (Disc. I,2,14)
(2) (Ver. Fedón 66b; Fedro 248 b; Rep. 608 d)
(3) Met. VII, 11; 1037 a 29 - XII; 3; 1070 a 25
(4) Dr. Gustavo E. Ponferrada.
(5) Karol Wojtyla, Persona y acción, Pag. 13
(6) Adv. Prax.; 7
(7) Adv. Noet.; 7
(8) Denz. 19
(9) Denz. 40