jueves, 22 de octubre de 2009

Orillas



“Entonces Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán, y se presentó a Juan para ser bautizado por Él” (Mt. 3,13)

Mi padre me enseñó a valorar la riqueza de la costa de un arroyo. Con él aprendí a recorrer las orillas, de día y de noche, en jornadas de pesca. ¡Cuánto le gustaba pescar!
- Sabés como te despejás con esto – solía decirme, mientras me mostraba la lentitud con la que el agua corre por los arroyos de la mansa tierra de la pampa húmeda. Obrero que iniciaba su jornada a las 4.30 y la terminaba después que el sol caía, un día de pesca obraba de bálsamo en su vida de trabajo.
Después de encarnar y preparar su caña y la mía, permanecía de pie, siempre alerta al pique. Yo me sentaba. Entonces me ayudaba a entender cada sonido:
- ¡Escuchá!, ahí salta el dientudo... Eso es un tero... esa es una calandria...
Me enseñaba a mirar el horizonte al atardecer...
- Esta es la mejor hora para el pique del bagre... - Y a veces dejaba la caña sobre el pasto y volvía la vista hacia las extensiones de campo: - ¡Vos podés creer que en éste país haya hambre! Mirá, qué tierra, lo que tirés nace; mirá las vacas lo que son... - Y se quedaba en silencio un largo rato, como siguiendo la reflexión por dentro, hasta que el movimiento del corcho le hacía tomar la caña y volver a su lucha por un buen bagre...
Por las tierras de nuestra parroquia pasan varios arroyos y arroyuelos. Cuando los años – y nuestros mayores - lo fueron permitiendo empezamos a recorrer sus orillas. Nos juntábamos en la Parroquia con nuestras bicicletas, bolsos con los mínimos elementos para pasar el día, una infaltable pelota de fútbol y desde allí partíamos al encuentro de las orillas del Callvú Leovú. Solíamos recorrerlo desde el Puente de la Vía hasta la pileta del Seminario ; otras veces hacíamos orilla cerca del Paso Mandagarán. Yo prefería realizar el camino de a pie. Lo hicimos también varias veces. Aunque la vuelta costaba más, andar a pie permitía determe en detalles más pequeños que llamaban mi atención: un remolino en el agua; la labor de un hornero en una rama; las avenidas de las hormigas negras; el salto de un pez; un chimango cerca de la orilla; una lechuza en un esquinero ... ¡cuántas veces levanté mis ojos al cielo con asombro y dando gracias! ...
Las orillas de otros arroyos y arroyuelos, como Los Huesos o La Corina, o Cortaderas, fueron testigos de nuestros campamentos parroquiales de verano: trabajo, oración, diversión, formación humana, crecimiento en la fe y en la esperanza. Gracia. Quizás esta palabra tan cara para el corazón cristiano, pueda decir algo acerca de muchos de esos momentos que hoy se me presentan inefables y al evocarlos, vuelvo a mirar al cielo y repito: ¡Gracias!...
El agua tiene la particularidad de remontar a los orígenes. Nuestros padres, generalmente, son los encargados de llevarnos a las “orillas” de una pila bautismal y bajo el signo sensible del agua nos legan la mejor herencia. ¡Quiera Dios no la dilapidemos!...