sábado, 8 de mayo de 2010

Nuestra Señora Luján, Patrona de la Argentina

Entre el 1ª de Mayo y el 8 de Mayo de cada año los argentinos deberíamos abocarnos a celebrar la Semana de la Familia de los Trabajadores Argentinos. San José y su esposa, nuestra Madre María Inmaculada, a quien honramos como la Patrona y Protectora de nuestra Patria bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján son, desde las pocas palabras que conocemos con certeza que han pronunciado, quienes nos muestran el Amor en Obra, a la vez que son Obra del Amor. 
Estos obreros del Amor, Amorosos Obradores de la Vida, abrazan con el calor del abrazo de un padre y una Madre, a las familias argentinas que los reconocen como sus guías y protectores. 
Hoy, 8 de mayo, se cierra ese tiempo en el que se recrean las esperanzas del pueblo, y en cada rincón se enciende una luz por nuestra Patria, en agradecimiento y en súplicas. Los argentinos apenas bicentenarios en la historia de las naciones modernas, pero milenarios en las raíces de las que se nutre la savia vital de nuestra cultura, seguimos peregrinando esperando contra toda esperanza, y dando razón de esa esperanza a todos cuantos nos la pidieren. 
Un argentino que ha ofrecido su vida en la consagración contemplativa con los Monjes Trapenses, que ha sabido caminar las sierras del Azul, las más antiguas del planeta, estando en su oratorio un 1ª de Mayo, fiesta de San José le preguntó a María: "¿Quién eres? Dime, por favor, ¿cómo te llamas?". Y esto fue lo que fue escuchando como respuesta:
"Yo soy la Anunciada María.
Prefigurada proféticamente en la antigua alianza.
La primera entre los humildes y pobres del Señor,
de aquellos que confiadamente esperan
y reciben su salvación.
En mí se cumple la plenitud de los tiempos
y se inicia la nueva alianza con Dios.
Mi cántico de alabanza al Señor
es espejo de mi alma,
profecía de pobre,
anuncio de evangelio
y preludio de bienaventuranza.

Yo soy la Inmaculada Virgen Madre.
Redimida del modo mas sublime,
en atención a los méritos de mi Hijo,
fui preservada de toda mancha de culpa original.
Soy Madre Virgen de Dios HIjo,
Hija predilecta del Padre y
Templo del Espíritu Santo.
Estoy toda referida a Cristo
y en todo dependo de Él.
En vista a Él,
el Padre me eligió desde siempre
como Madre Santísima
y me adornó con dones del Espíritu
que no fueron concedidos a nadie jamás.
Diciendo "si" al designio de amor divino,
sin contacto con hombre,
sino cubierta por la sombra del Espíritu,
recibí en el corazón y en el seno al Verbo de Dios.

Soy la Nueva Eva.
Verdadera Madre del Verbo Redentor.
Abrazando la voluntad salvadora de Dios,
fui causa de salvación para mí
y para todo el mundo.
Me consagré por entero
a la persona y obra del Nuevo Adán.
Cooperé a la salvación del mundo 
con libertad y obediencia.
Avanzando en la peregrinación de la fe,
anudé con él una historia de amor,
fiel a mi palabra hasta su muerte en cruz.
Soy toda de Cristo y, con él,
toda servidora de los hombres.
El Espíritu me unió al Hombre Nuevo
para ser una Nueva Mujer.

Yo soy la Madre de la Iglesia.
Modelo vivo y perfecto,
que atraigo e invito
a la fe, caridad y comunión con Dios.
Soy Madre de la Iglesia,
de los miembros de mi Hijo,
pues cooperé con amor
cuando nacían los redimidos.
Yo despierto el corazón filial
que duerme en cada hombre
y los uno como hermanos
en familiar fraternidad.
Soy Madre
y con el Espíritu Santo
reproduzco en mis hijos
los rasgos espirituales del Primogénito.

Yo soy María Asunción.
Terminado el curso de mi vida terrena,
fui asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.
Hecha semejante a mi Hijo,
que resucitó de los muertos,
recibí anticipadamente la suerte de los justos.
Y exaltada por el Rey como Reina del universo,
refuljo como modelo de virtudes
ante la comunidad de los elegidos.
Brillando cual signo de esperanza y consolación
delante del peregrino pueblo de Dios,
con mi múltiple intercesión
le obtengo continuamente
las gracias de la eterna salvación.

Soy Mujer Eterna.
Garantía de la grandeza femenina,
enseño a ser mujer.
Soy alma, corazón y entrega
que espiritualiza la carne
y encarna el espíritu.
Soy signo,
con rostro materno,
de la misericordia del Padre.
Mi presencia femenina
es sacramento
de los rasgos maternos de Dios.

Y soy Esposa de José.
Mujer, Madre, Virgen y Esposa.
Dios se me dio y me dio,
pues confió en el joven José.
Nuestra comunidad de vida y amor,
estable y definitiva,
aún dura hoy.
Por eso él es padre de la Iglesia
y yo soy María de San José."

El texto final pertenece al Trapense Bernardo Olivera, y ha sido tomado de su obra "En María", catecismo Mariano Contemplativo, de la Edit. Claretiana, Bs. As. 1983.
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