domingo, 23 de diciembre de 2007

La ley de la pequeñez



Peter Seewald: Es curioso: Dios, el Todopoderoso, escogió como lugar de aparición en la tierra lo mas pequeño, un establo miserable de Belén. Y la Iglesia argumenta: "Todo es tan increíble y paradójico, que sólo por eso tiene que ser verdad".




Josep Ratzinger: Como es lógico, esta sola argumentación no bastaría como criterio de verdad. Pero, en realidad, la elección de lo humilde caracteriza la historia de Dios con el ser humano...


Dios coloca toda su medida, el amor, frente al orgullo humano. Éste es, en el fondo, el núcleo, el contenido original de todos los pecados, es decir, del querer erigirse uno mismo en Dios. El amor, por el contrario, es algo que no se eleva, sino que desciende. El amor muestra que el auténtico ascenso consiste precisamente en descender. Que llegamos a lo alto cuando bajamos, cuando nos volvemos sencillos, cuando nos inclinamos hacia los pobres, hacia los humildes.


Dios se empequeñece para volver a situar a las personas hinchadas en su justa medida. Vista así, la ley de la pequeñez es un modelo fundamental de la actuación divina. Dicha ley nos permite atisbar la esencia de Dios y también la nuestra. En este sentido encierra una enorme lógica y se convierte en una referencia a la verdad.


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Peter Seewald: La Navidad pese a los grandes pensamientos y sentimientos, nos muestra también todas las contradicciones, la mendacidad del mundo, y también nuestras propias dudas y falta de fe.


Joseph Ratzinger: Ese acontecimiento toca tantas notas del corazón humano, valores tan grandes e importantes, que en un primer momento cabría pensar de verdad que se podrían eliminar de un plumazo esas cuestiones y de ese modo hacer supérfluo el auténtico acontecimiento (con lo que logicamente se privaría a las Navidades de su grandeza y en cierto modo caerían en el vacío). Pero eso no cambia un ápice el hecho de que aquí se digan muchas cosas comprensibles e importantes incluso al margen del cristianismo, y que acaso también logren acercar de nuevo a los seres humanos a la fe. Nos hablan del Misterio del Niño, de la sencillez, de la humildad. Y esas piezas de pedagogía humana deberíamos utilizarlas sobre todo para demostrar la humanidad de Dios.


En la costumbre original subyace una gran idea. Ese Niño es el regalo de Dios a los seres humanos, en ese sentido Navidad es, con razón, un día de regalos. Pero convertir el regalo en un acto comercial forzoso implica deformar la idea. Entonces es válido lo que Cristo dice a sus discípulos: "No hagáis como los paganos que invitan a otros para que también los inviten a ellos". Como mero intercambio de mercaderías, la Navidad se convierte en el dominio del quererse a sí mismo, en un instrumento de egoísmo insaciable y de entregarse a la propiedad y al poder - cuando éste acontecimiento nos trae justo el mensaje contrario-. Devolver de nuevo la sencillez a la Navidad es una de las grandes tareas.-

Tomado de "Dios y el mundo", Editorial Sudamericana, Bs.As., 2005, pags. 200 / 204, Conversaciones que el periodista Peter Seewald mantuvo con el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, hoy S.S. Benedcito XVI.-