martes, 4 de diciembre de 2007

Escuela y Pesebre

Comenzó diciembre, y con este mes nuestras escuelas viven momentos que, en alguna medida resultan paradójicos. Si te paras a la salida de una escuela y miras los rostros de los niños y de las niñas, en una actitud de admiración activa, renuevas el inasible misterio ante el cual los adultos nos quedamos sin palabras: la transparencia del rostro nos pone ante la realidad de la pureza, la luz, la inocencia.
Y cuando subimos la mirada para encontrarnos con los rostros de los adultos se nos manifiestan los rasgos tensos del agotamiento anual; nuestros mismos rostros parecen opacados y todo lo inocente se evoca con nostalgia.
Hoy, en muchos rostros de niños y adultos a la salida de una escuela, parece notarse un rasgo común: la indefensión frente a las diversas formas de agresión contemporáneas.
Aquel estado de indefensión inicial, originario, en el seno materno, parece hoy haberse extendido a distintas etapas de la vida. Niños y niñas, madres y padres, maestros y maestras, el personal que gestiona las escuelas y el que las limpia, los que enseñan y los que aprenden, parecen hoy encontrarse desprotegidos.
Tal vez por eso en estos días algunos maestros les dicen a sus niños: "estos días si no tienen que recuperar mejor se quedan en casa" o "si mañana vienen miren que los tomo una prueba". Tal vez por eso algunos padres están mas preocupados en "conseguir colonia para los chicos", porque sino "¿qué van a hacer en el verano?". Tal vez por eso los que gestionan las escuelas prefieren que "mejor que no vengan muchos, así preparamos el acto de fin de curso y... con todas las planillas que hay que llenar". Tal vez por eso los que limpian prefieren "que vengan pocos así dura mas".
Lo que nos sigue resultando inasible, es ¿cuál será el pensamiento de nuestros niños cuando nos escuchan decir o manifestar esas expresiones? ¿Cómo afectamos el "mundo" del niño con nuestras intenciones que buscan solo nuestro propio bienestar?.
"Si se piensa que la palabra mundo significa también lo contrario de in-mundo, es decir, lo pulcro, lo limpio, el estado de inmediatez del niño es de veras mundo, limpio, transparente como un cristal que deja percibir aquella inmediatez encantadora para la cual todo lo que existe constituye un conjunto de tú o sujetos a los que designa como tales. De ahí, el encanto de lo limpio, es decir, el mundo del niño..." (1)
En tanto sucede que diciembre es el mes , precisamente, en el que, la imagen del Niño ilumina el mundo; en alguna medida lo limpia por el camino de la inmediatez de la humildad de un Pesebre. Un pesebre es tan inasible como un niño. Tu puedes engendrar pero jamás agotarás el misterio de ese niño que haz engendrado. De la misma forma, tu puedes armar un pesebre, pero te resultará inasible cuando lo contemples con admiración activa.
¿Cómo se transita diciembre desde la salida de una escuela hasta un pesebre? ¿Habrá que recorrerlo como aquella Familia para la que no había lugar en Belén? ¿No hay lugar para nuestros niños en las escuelas hoy?
Aquella pregunta del origen de la humanidad resuena en mi corazón cuando logro asombrarme observando la salida de una escuela : "¿qué hiciste de tu hermano?"; escuela ¿qué hiciste de tus niños?; padres y maestros ¿qué hicimos de nuestros niños?.-

(Cfr. Caturelli Alberto, Filosofía cristiana de la educación, Univ. Nac. de Córdoba,1982, pags. 97 y ss.)