sábado, 5 de abril de 2008

De violencias y violentos

La presente reflexión sólo son notas iniciales para proporcionar algún sendero por el que caminar en la comprensión de la violencia.

Todavía agradezco a mis padres y maestros que me enseñaron a usar el diccionario. Porque en estos días asistimos a las mas variadas manifestaciones violencia. Pienso en las violencias que se dan en el interior de los hogares, pasa mi pensamiento por las que campean en las plazas, rutas y caminos, y los más variados lugares públicos, y abarco en dolorosa mirada las que han teñido de sangre los establecimientos educativos en estos días. Si la vista vuelve atrás en el tiempo argentino, sufrimos más aún, por la violencia que ha atravesado nuestros desencuentros ciudadanos.
La primera acepción del diccionario nos dice que la violencia es la cualidad de violento. Y violento, encontramos mas abajo, es lo que está fuera de su natural estado, situación o modo.
Es un posible punto de partida para la reflexión pues nos pone frente a la realidad de que las personas, por naturaleza, no somos violentas, ni se nos ha dado el ser para obrar en forma violenta. Algo debe suceder, algo que nos desnaturaliza, algo que nos cambia la situación en la que estábamos o el modo de ser propio, para que surja el acto violento.
En principio nos ayuda Santo Tomás a definir lo violento como “ aquello cuyo principio está afuera no cooperando nada el que padece la fuerza” (1) “Porque en esto consiste la definición de violencia: en que algo padezca y en nada contribuya a la acción” (2) En Santo Tomás hay un segundo sentido de la palabra violencia – que es el que rescata la definición del diccionario – es decir se dice violento aquello que es contrario a la naturaleza de una cosa, entendida la naturaleza como tendencia o inclinación a obrar de determinado modo y en vista de un determinado fin. Para ello hay que confrontar entre otros los textos que figuran al pie (3)
Pero el que mas nos interesa a nosotros en esta reflexión es el que nace de considerar a la violencia, en tanto afecta la justicia social: “La rapiña importa una cierta violencia y coacción por la que, en contra de la justicia, se despoja a alguno de lo que es suyo”… “La avaricia puede ser considerada en el efecto (exterior), y así, apropiándose de los bienes ajenos, en ocasiones (el avaro) usa la fuerza, lo que pertenece a la violencia”...(4)
Ya nos hemos referido anteriormente (Ver Entrada “Una pareja homicida”) a las consecuencias del robo y la mentira. Y al reflexionar en torno a la violencia aparece una vez mas esta afectación de la justicia social, que significa el apoderamiento de los bienes ajenos, sean ellos del orden que fueren. En estos días hemos visto “desatada la violencia” por la propiedad de los mas variados bienes: han estado, y parecen estar, en juego desde una plaza, hasta lo producido por una cosecha; desde la propiedad de ser rubia, hasta una hoja de carpeta donde se escribe un apunte. Los mas variados bienes que – al dejar de contribuir al bien común – se exclusivizan por obra de los individualismos, corporativismos o colectivismos despersonalizantes, terminan por despertar el odio y la ira, que se desbordan cual afluentes del Flegetonte. (5)
En todos los casos de violencia que ocupan las portadas de los diarios estos días nos encontramos frente a ésta realidad: allí hay personas que se dan cuenta, sienten, experimentan, que se los ha despojado de algo que consideran suyo. En todos los casos eso que consideran suyo es, en principio, algo material; pero a la vez remite, a los directos involucrados en los actos violentos, a los aspectos mas profundos de su corazón; allí donde los hombres y las mujeres ponemos nuestros deseos y esperanzas.
Despojados de aquello en lo que habían puesto su corazón la violencia aflora en variadas manifestaciones. Aunque en el fondo lo que se alcanza a percibir en muchos de los rostros que nos hacen llegar los medios que nos muestran “lo que pasa” es una profunda tristeza. Tal como lo manifiesta el doctor angélico: el odio aunque a veces nazca de la ira, tiene sin embargo una causa anterior de la que más directamente se origina, a saber, la tristeza; así como, al contrario, el amor nace del deleite. Pero por la tristeza alguien se mueve a veces a la ira y a veces al odio; por esto fue conveniente decir que el odio nace más de la acedia que de la ira”. (6)
¿Y qué es esto de la acedia?. Será mejor tratarlo en otra entrada. Por lo pronto valga como última reflexión el esforzarnos, en nuestras escuelas por estar atentos a los niños, adolescentes y colegas que están tristes, pues atendiendo a ello podremos prevenir muchas actos violentos.


(1) Summa Theologiae II-IIae, q 175, a 1, corpus.
(2) In III Sententiarum, d. 23, q 1, a 1, corpus. Cfr. También In III Ethicorum, lec. 1, n. 6:
(3) Summa Theologiae I-IIae, q 6, a 4, corpus.
Summa Theologiae I-IIae, q. 6, a 5, corpus:
In V Metaphysicorum, lec. 6,n. 3:
In V Metaphysicorum, lec. 6, n. 9:
De Veritate, q 22, a 8, corpus:
(4) Summa Theologiae II-IIae, q 68, a 8, corpus
Summa Theologiae II-IIae, q 118, a 8, corpus
(5) Nos referimos aquí a la imagen de las consecuencias últimas de la violencia, que Dante Alhigieri nos proporciona en la Divina Comedia, en la que describe un lugar árido, surcado por el Río Flegetonte, un río de sangre en el que bullen las almas de los violentos.
(6) Summa Theologiae II-IIae, q 158, a 7, ad 2um