lunes, 4 de agosto de 2008

Evocación de un "pobre gordito grandulón"

¿Qué docente no ha tenido o tiene un estudiante de esos a los que se suele estigmatizar con expresiones como: “este es corto”, “no le da mas que eso”, “y…hasta ahí llega”, “no insistas, no vas a lograr nada”?. Las respuestas ante éstas situaciones suelen ser variadas, en todo caso aciertan quienes confían en que esa persona es capaz de dar lo mejor de sí y alcanzar la plenitud.
Los docentes no somos futurólogos, no sabemos a qué está llamado cada uno de los estudiantes, y no tenemos el derecho de decidir nosotros por ellos lo que van a ser. Quizás una buena forma de obrar puede ser la de pensar que ante nosotros siempre tenemos una persona que está llamada a ser genio, héroe, santo…; que tiene en su corazón la capacidad de lograr la plenitud a la que ha sido llamada… sea cual sea el tiempo que le toque vivir…
Ante aquella situación se encontraron los que fueron maestros de Juan María Vianney, “el gordito”, como le iban a decir sus compañeros, a quien había nacido el 8 de mayo de 1786 en la Francia revolucionaria.
En la Francia, que tanto tiene que ver con la constitución de la ciudadanía de nuestro Azul, que ha dejado huellas no sólo en la arquitectura de nuestra ciudad, se encontraban por entonces en pleno auge las ideologías de la llamada Ilustración. Cada año los europeos se veían sorprendidos por avances científicos que el surgimiento de la prensa escrita permitía difundir rápidamente. Iba naciendo esa categoría tan cara a la mentalidad francesa – los intelectuales – y una filosofía irreligiosa se abría paso entre los pasillos de las cortes europeas. Mientras comenzaban las declamaciones por los derechos humanos se realizaban los más crueles experimentos coloniales. La confusión en medio de las luchas por conseguir privilegios era tal que hasta el cardenal Loménie de Brienne, ministro de hacienda de Luis XVI, parece que era declaradamente ateo. La mayoría del pueblo era jornalero, la tierra la poseían en un veinte por ciento la aristocracia, en un treinta por ciento la burguesía y en un quince por ciento la Iglesia. La inflación – como siempre sucede – destruía a los trabajadores y protegía a los propietarios.
La toma de la Bastilla y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, fueron en 1789 la cara festiva de la Revolución que comenzaba. La Iglesia católica tiene mucha experiencia de las páginas que suelen seguir a éstos prólogos. El 2 de noviembre fueron confiscados los bienes del clero; el 19 del mes siguiente se pusieron en venta las propiedades eclesiásticas; de la venta se beneficiaron, como es ley constante, no los campesinos pobres, sino los terratenientes ricos…Los Obispos, curas y frailes deberían jurar fidelidad a la Constitución. Los Obispos serían elegidos por el poder político…prestó juramento la mitad de los curas franceses lo que en la práctica dividió en dos la Iglesia y sembró la inquietud y la desconfianza mutua…” (1)
En ese ambiente que a un chico campesino se le ocurriera ser piadoso, que pensara en ser cura, y que, además, fuera “de pocas luces” en los siglos del Iluminismo, parece ser un broma de la historia. Las que no fueron una broma, serían las cachetadas que recibió en 1805 Juan María de su compañero Matías Lores, porque no aprendía los rudimentos del latín. Dicen que en lugar de reaccionar ante ellas, se arrodilló y le pidió perdón a su compañero. También en esas épocas había violencia en las escuelas. El agresor perdonado sería con los años misionero en los Estados Unidos y Obispo de Dubuque.
Así comenzarían las lecciones del latín que – según sus biógrafos – nunca aprendió. Así llega 1812 año en que recibiría las primeras lecciones de teología de parte del maestro Caselles, y parece que la primera vez que le hicieron una pregunta en clase, no sólo que no sabía la respuesta, sino que ni siquiera entendió la pregunta. La burla y la risa fue general y “el pobre gordito grandulón”, se refugió en la capilla, con un amigo, Marcelino Champagnat, quien luego sería el fundador de los hermanos Maristas, orden religiosa dedicada a la educación y con presencia en nuestro país.
¿Cómo es que llegó a ser sacerdote? Pues porque encontró en su camino más educadores de los que abren puertas, que de aquellos que las cierran. Como aquel Vicario Courbon a quien le propusieron que lo ordenara de subdiácono, pero le advirtieron que “era corto”, “que sabía poco y nada” y entonces preguntó: “¿Es piadoso? , ¿es devoto de la Virgen?, ¿sabe rezar el Rosario?”. Le contestaron que en eso era sobresaliente. Y entonces le abrió la puerta.
Y así podríamos seguir agregando hechos de la biografía de Juan María para poner de manifiesto el cuidado que debemos tener los educadores al momento de emitir juicios evaluadores sobre las capacidades de nuestros estudiantes.
Su vida es tan atrapante que ha sido llevada al cine, pero bástenos a nosotros evocarlo como estudiante, pues quizás sea la mejor forma de recordar que enseñar para un profesor es también una instancia de aprendizaje.
Cuando te presenten un estudiante y lo califiquen cómo en el primer párrafo de ésta entrada, evoca en tu corazón la figura de Juan María y ábrele las puertas de tu propio corazón.

(1) Iribarren, Jesús, San Juan María Vianney, Cura de Ars, BAC Minor, Madrid, 1986