martes, 11 de marzo de 2008

¿Agoniza la escuela?

La Agonía y la Muerte llegan a diario a nuestros hogares transitando senderos virtuales, preferentemente televisivos, pero también recorren los radiofónicos, los cinematográficos, y muchas de las páginas de la red internet. Parece que intenta instalarse, hace ya un tiempo histórico relativamente extenso, que la novedad o noticia no está tanto en la Vida sino en la Agonía y la Muerte . Es más, la Muerte, desde los orígenes de la prensa, obtuvo un lugar privilegiado, en diarios, radios y televisión. Más que la Vida.
En algún momento nos acercaremos a pensar esta distancia entre la "muerte virtualmente experimentada" y la "muerte en sí".
Las siguientes reflexiones brotan ante la realidad de la Agonía.
Agonía, que por su raíz (proviene del griego "agón") nos remite a la lucha, al combate, por su encarnación nos pone ante la persona del moribundo. Aquel que agoniza. La agonía no se ve; se ve al agonizante. En pocos días más viviremos un tiempo oportuno para pensar en El Agonizante por Antonomasia.
Se puede reservar el término agonía para indicar “el período de tiempo final e irreversible que nos constituye inmediatamente en moribundos” como sostiene el filósofo argentino Alberto Catturelli. A la persona que vive ésta realidad llamamos el agonizante. Mas también se puede extender el término a todo el camino vital: desde el instante mismo de la concepción entramos en lucha y combate, comenzamos a morir un poco. Si bien esta extensión parece carecer de esa experiencia de "inmediatez" de la que nos habla el autor citado; quizás sea una especie de señal de santidad cuando esta experiencia de agonía es cotidiana. Experiencia intransferible.
No podemos sustituir al otro en su agonía. Ensayamos comprensión y acompañamiento. Podemos participar hasta cierto límite; y ... ¡ hasta provocamos la agonía de los otros!. Si hasta muchas veces somos partícipes necesarios de las circunstancias que hacen agonizar a nuestros contemporáneos.
Si, es cierto, incontrastablemente cierto, que no hay quien pueda sustituirnos en nuestra agonía. La lucha y el combate es personal. Sabemos que vamos a morir. Gran parte de la filosofía consiste en aprender a bien morir; saber morir en gran medida se constituye en un arte, y por eso es factible hablar de una "bella" muerte, además de una "buena" muerte.
La agonía, en alguna medida, es ir tallando la muerte con un cincel de vida. En la agonía se teje el poncho que cubrirá nuestro último acto en ésta vida. ¡Feliz de aquel que haya ido esculpiendo ese instante con tiempo y se encuentre con el Artista que dé el último golpe de Belleza! ¡Qué fría es la agonía de la soledad, la agonía que no se tejió punto por punto un poncho! ¿Recorriste alguna vez los pasillos de los hospitales...?
¿Es posible preparar nuestra agonía? La experiencia de los otros agonizantes, la experiencia del envejecimiento de los otros, nos prepara - en la medida que no intentemos ocultarla o negarla, - nos va dando conciencia de que el morir es un acto vital. Aunque a Wittgenstein para quien “la muerte no se vive”, no le baste.
La conciencia de la agonía posibilita que la muerte del otro ya no sea una ausencia, sino que adquiera una presencia distinta. Hay modos diversos de estar presente. Si hasta hay quien eligió un pedazo de pan y una copa de vino para estar presente...
“El que buscan ya no está aquí...”, podría decirnos cualquier médico al darnos el diagnóstico de muerte de un ser querido. Y nos estaría abriendo la puerta para que nos preguntáramos ¿dónde está?.
El existencialismo ateo es uno de los puntos culminantes de quienes sostienen la inconsistencia de ésta pregunta. Es mas, casi que se le hace incomprensible la pregunta. No admite la existencia de Otro lugar. Es el principio de la inmanencia. Todo permanece aquí. Sólo existe el aquí. Sólo existe él y lo que él dice que existe... Sólo existe... Solo...
En estos últimos tiempos asistimos a la terrible cobardía de quienes huyen del combate, de la lucha, y dejan sólo al moribundo, al que agoniza; pero a la vez asistimos al valiente testimonio de quienes dan combate con los agonizantes y El Agonizante...
Mientras agonizamos, contemplamos a los agonizantes, a la luz del Agonizante: acto supremo de docencia...
La angustia, la congoja, la aflicción, la pena, propias del combate, todavía nos comunican la presencia del otro...
Contemplar a quien agoniza nos pone frente a la experiencia del desasimiento, del desprendimiento... El que agoniza comienza a desasirse, desprenderse, se va despidiendo y se vuelve sobre sí, porque toda su atención ha de volcarse sobre lo que vendrá... Se va des-viviendo...
Para los agonizantes que contemplan el fin de la lucha del que agoniza, una sensación de derrota es inevitable, - de allí las lágrimas, la congoja, el dolor -, la necesaria experiencia del duelo...
Para El Agonizante, la victoria está cumplida pues “la muerte ha sido vencida”...
Así como existe una agonía personal ¿existe la agonía de las instituciones?... ¿agoniza la escuela?... ¿La escuela que buscas ya no está aquí...? ¿La buscamos camino de Emaús...?