viernes, 18 de enero de 2008

La eternidad de un libro

"¿De qué depende la eternidad de un libro? Sin duda, de algo más profundo de lo que se puede suponer. No de la hermosura de la forma, ni de la profundidad del pensamiento. Ambas cosas son esenciales. Pero el gusto literario varía, y lo que es bello para una generación, puede no ser del agrado de las otras. Además, los libros, para ser eternos, tienen que ser unipersonales y han de sufrir, por tanto, la prueba de la traducción, en la que la gracia de la forma, inevitablemente se marchita.
La profundidad del pensamiento tampoco da la medida de la permanencia de la obra literaria. Nada hay mas sujeto a la evolución y, en consecuencia, nada hay mas circunstancial que el pensamiento. el pensamiento está en evolución inacabable y crece y se transforma, como el tronco de los árboles, por la oposición de capas nuevas, de pensamientos nuevos. Lo que era, hace diez siglos, profundo, porque llegaba a la médula del humano pensar, hoy apenas perforaría su corteza. La profundidad de lo que fue la medimos y la admiramos, sin darnos cuenta, con arreglo al patrón disminuído del pasado; como subconscientemente también admiramos el talento de un niño con la medida de su edad.
Ni la forma impecable ni el hondo pensamiento, pues, caracterizan al libro inmortal. Lo que da la inmortalidad al libro es su capacidad de sugestión, su poder inmedible para hacernos pensar, para hacernos soñar, para dilatar, por el campo infinito de lo irreal, los límites de nuestra personal existencia.
Esta es la cualidad que distingue a los libros en verdad culminantes, los que han vencido ya la prueba de varias centurias y se puede presumir que durarán otro tanto como la vida de los hombre sobre el planeta. Son muy pocos esos libros. Uno de ellos, claro está, el Quijote".-
( Marañón Gregorio, fragmento del Juicio crítico a la obra Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, de Luis Astrana Marín, Madrid, 1958, tomado de la obra de A. Juderías "Idearium de Marañón, Editorial Clásica y Moderna, Madrid, 1960, Pags. 303/305)