viernes, 11 de enero de 2008

Recorriendo orillas...


Días pasados estábamos a orillas del Callvú Leovú con mis hijos, y el mas pequeño observó a un adolescente que intentaba atrapar mojarritas con una pequeña red, encerrándolas en un recodo, donde unas piedras disminuían la profundidad y posibilitaban la tarea.

- ¿Qué hace ese chico papá? - me preguntó.

- Está pescando respondí -

- ¿Y aquel que está alla qué está haciendo? - volvió a preguntar, señalando a un joven que desde la orilla blandía su caña para lograr que la línea llegara casi hasta la margen opuesta.

- También está pescando - respondí.

Y con ojos de haber hecho un gran descubrimiento mi pequeño aclaró:

- Ah, están haciendo lo mismo pero lo hacen distinto -

Sonreí, y me alegré mucho interiormente. Mi hijo estaba comenzando a distinguir.

Por lo demás, este hecho cotidiano me posibilitó recordar una distinción que es clave para entender todo acto educativo: la distinción entre el "qué" y el "como". Qué hacían los jóvenes: pescaban. Cómo lo hacían: de forma distinta de acuerdo al instrumento que usaban.

Ciertamente que no hay posibilidad de acto educativo sin el encuentro de personas, mas propiamente, sin la decisión personal de encontrarse del que enseña y del que aprende. En todo acto docente se necesitan indefectiblemente, como mínimo, dos partes activas, y entre ellas el lenguaje, en sus variadas formas, poniendo de manifiesto la realidad de lo que en ese encuentro sucede. Todo acto docente es el fruto de la participación activa del que habla y el escucha, si el lenguaje predominante es el de la oralidad.

Aún el observador que pretende conservarse ajeno al acto educativo, y ve que hay una persona hablando y las demás escuchando, puede estar observando allí un acto educativo en su plenitud. En la medida en que esa persona que está hablando encuentra voluntades capaces de hacer resonar en su propio corazón lo que escuchan, capaces de revivir interiormente lo que escuchan, capaces de engendrar nuevas ideas a partir de la recepción de la idea que se les comunica, entonces, en esa medida se realiza el acto de enseñar y aprender. Aunque los que se identifican como "oyentes" para el observador, permanezcan inmóviles; aunque nuestros ojos no capten ningún movimiento en esos "oyentes", puede darse allí una situación de aprendizaje muy profunda. No hay posibilidades de aprendizaje en el sujeto pasivo. A la vez, la movilidad física o externa de la persona no necesariamente es manifestación de un acto educativo.

Tal vez resulte ilustrativo pensar esta realidad desde lo personal. ¡¿Cuántas veces sentados inmóviles leyendo un libro, al finalizar, lo cerramos con satisfacción y vivimos la alegría que produce el pensar "hoy aprendí esto nuevo"?! Algo nuevo nació en mí. He aquí un acto docente, un acto educativo. Seguramente eso nuevo aprendido querrá manifestarse y ese nuevo saber querrá comunicarse, entonces cuando la oportunidad se brinde - con un amigo, un colega, otro estudiante, un familiar - iniciaremos una conversación, de ser posible, en estos términos:

- ¿Sabés que aprendí hoy?... -

Y si se lo puedo decir, entonces encuentro la confirmación de que ahora lo sé. Algo que no sabía antes, ahora lo sé. Y me doy cuenta porque lo pude comunicar. Si uno sabe algo, lo sabe decir. Por eso escuchar expresiones como: "lo sé profesor, pero no me sale... le aseguro que lo sé, pero no encuentro las palabras para decirlo...", pueden poner de manifiesto que ha habido un acto voluntario para aprender, pero no que efectivamente se haya aprendido.

Distinta es la afirmación "lo sé profesor, pero no se lo quiero decir...". Si no hay voluntad de comunicarlo, uno no lo comunica. Ahora, eso sí, tengamos presente que si no hay voluntad de comunicar el saber no hay acto educativo. Por eso no todos son docentes, por mas que sepan.

El docente no sólo debe saber, sino comunicar voluntariamente lo que sabe.

Al docente no le basta sólo saber, como no le basta sólo la voluntad de comunicarse con el otro. Aún mas, al docente no le basta sólo el saber comunicarse con el otro.

El ser docente te exige saber algo, el "qué"; saber lo que se enseña; y una voluntad amorosa de comunicarlo, y entonces se genera, se engendra, el "como" enseñar eso que sabe. Disociar ambas realidades - el "que" y el "como" - es provocar la esterilización del docente. Y la fecundidad de ésta unión depende mucho del uso de los métodos naturales. La intervención de técnicas artificialmente industrializadas y standarizadas, provoca placeres pasajeros incapaces de engrendrar nuevos actos educativos. Por eso esas técnicas se usan y después se tiran.

El acto educativo se me va manifestando así complejo; vitalmente complejo, será mejor que vuelva a buscarlo a orillas del Callvú Leovú...